Una historia difícil de creer...

Una historia difícil de creer...

 

Para ella, siempre fue difícil encontrar un lugar estable de trabajo aunque no le faltaba disposición, conocimiento y entrega por su labor.

Un día de febrero, ingresó a aquella empresa, que se convertiría en su hogar, pero también en su más grande perdición.

Transcurrieron varios años, llenos de esfuerzo, tesón, entusiasmo, dolor, lágrimas, sonrisas y todo lo que se vive dentro del lugar donde se labora.

Trabajaba sin horario, nunca miraba el reloj, alcanzó a sentir allí, que por fin, disfrutaría de un sitio donde terminar su vida profesional. y alcanzar una pensión.

Al cabo de cuatro años, todo comenzó un día de febrero, igual que cuando llegó. Recibió varios mails, que le instaban a desplazarse a un lugar, para reclamar un encargo que nunca supo quién le iba a entregar. De no hacerlo, sus hijos, sus seres más queridos, pagarían las consecuencias de su desobediencia.

Asistió al lugar descrito… pero nada pasó.

Habría hecho algo mal? El insomnio y el temor se apoderaron de sus días y de sus noches. Días más tarde, recibió una nueva comunicación donde se le recordaba el deber de asistir en fecha posterior, que le fue notificada en una misiva física, que encontró en el buzón de correspondencia de la oficina donde se desempeñaba como asistente.

Se preparó para asistir, temiendo que algo malo pudiese dañar a sus pequeños, que siempre fueron la luz de sus ojos y el motor que le movía a trabajar… a vivir. Llegó a la hora señalada, no sabía que hacer, pero la intuición la llevó a ingresar al lugar, donde por perspicacia se acercó a una mujer, que le entregaría la misiva que le encargaron recoger.

Cada día, a las seis en punto de la mañana, ya se le veía organizando, sacudiendo, aseando, preparando aquel café, que ofrecería a sus jefes con mucho placer. Organizando documentos para que fueran firmados por el gerente, apilando los papeles que vendría a revisar la contadora, imprimiendo certificados, adelantando pagos, en fin, realizando las tareas propias de su labor, donde a pesar de no contar con una nómina puntual, aprendió a querer esa empresa que tanto le enseñó, donde sufrió con los problemas que surgían, como si fueran suyos, donde las dificultades le estresaban pero amaba poder colaborar; donde ella era quien llevaba las riendas del negocio, aunque no fuera de su propiedad; ofreciendo todo su potencial intelectual y físico con gusto, amor y gran complacencia.

Cuando recibió el paquete aquel, observó con sorpresa que contenía dinero, no supo cuanto, y con él en sus manos, se dirigió a la puerta de salida, sin saber que su destino, ya lo habían trazado aquellos que le enviaron a recoger el botín. El momento se convirtió en caos, no sabía que pasaba, no podía pensar, no tenía raciocinio, no encontraba explicación. En la gigantesca puerta, se encontró con todo un despliegue policial, que la instó a entregar aquel paquete, que para su desgracia, sería el mayor dolor.

No tenia horarios, nunca se fijó en el reloj. Trabajar, colaborar, sufrir, ayudar y pensar eran su vida en aquella oficina que tantas veces le vio llorar.

Su empresa tenía conexión con personajes públicos, adinerados, buenos y no tan buenos, toda una gama de políticos, cuyo común denominador, era la corrupción.

Sus jefes, jóvenes, astutos, con una amabilidad indescriptible, siempre le consideraron su empleada de confianza, y como tal, abusaron de su tiempo, de sus habilidades y de su tesón para trabajar. Pero a ella solo le importó, ofrecer el mejor de sus perfiles y hacer cada día, su mejor función.

Fue detenida por el grupo anti extorsión de la Fiscalía, quién la acusó, la denigró, la mezcló con verdaderos delincuentes, que a pesar de todo, le trataron bien. Ese no era su lugar, allí no tendría porque estar; sin comprender muy bien, que era todo aquel lío, comenzó a llorar. Lloró hasta quedarse dormida, y cuando despertó, sentía el mundo hundirse a sus pies. Tuvo la esperanza de que todo fuese una terrible pesadilla y al despertar se encontraría, como siempre, trabajando y alegrando su día con todas las tareas por hacer.

En muchas ocasiones, sus superiores trataron de enseñarle algunos trucos, propios de la deshonestidad, pero ella, sin juzgarlos, hacía caso omiso de aquellas lecciones, a las que nunca prestó atención.

Aquel día, amaneció en una celda, gris, fría, con una cama de cemento, un ambiente pesado y oscuro, y un gran dolor en el alma. Comenzó un camino escarpado, lleno de dolor, lágrimas, sufrimiento y desdén indescriptibles, que le instaron a pensar, que morir, sería la mejor solución.

Han pasado más de doce meses desde aquel desafortunado suceso, y sus jefes, sus amigos, compañeros y demás, ni siquiera una llamada le han querido realizar.

Ella siempre estuvo pendiente de todos y cada uno de sus compañeros de labor, procurando ayudar, consolar y apoyar; y hoy, acepta con gran tristeza, que mal le pagaron los que antes abusaron de su buen corazón.

El día del juicio ha llegado, no encontró la justicia una prueba irrefutable para poderle condenar, no había ni en su pasado, ni en su presente, ningún antecedente que le convirtiera en criminal.

Y aunque ahora, su futuro es incierto, recuerda que siempre su superior más cercano, le reiteraba lo importante que era desconfiar de todos y de todo, sin que ella, quisiera sembrar en su corazón, la espina de la duda, que le podría causar un gran dolor, mucho más fuerte, que este que ha vivido con todos estos sucesos, de los cuales, aun no encuentra explicación.

Se disponía la juez, a dejar en firme una sentencia de exoneración, cuando en la puerta aparece, un joven apuesto; el gerente de la empresa, que la vio caer en desgracia, y nunca le brindó ninguna solidaridad. Con sus ojos azules llorosos y un temblor perceptible en la distancia, se sitúa en el medio de la sala de audiencias y dice en voz alta: “He sido yo el culpable, y hoy quiero pedir perdón…”